La ruta



miércoles, 21 de noviembre de 2007

El tapón

La carretera Panamericana recorre un camino desde Alaska hasta la patagonia a lo largo de 25,750 kilómetros de carretera, interrumpidos tan sólo en un lugar, una zona de 87 kilómetros de selva al sur de Panamá, conocidos como el Tapón de Darién.
Desde que me enteré de su existencia no dejé de preguntarme cómo debería ser una zona en el mundo que no permitiera construir una carretera que la atravesara. En los últimos días tuve la oportunidad de dar un vistazo a una zona así.
Calificada por muchos como uno de los lugares más peligrosos del mundo, con una mezcla de guerrilleros, narcotraficantes, paramilitares y militares tratando, todos, de obtener el control, además de los serios riesgos que una selva de este tipo conlleva, desde el dengue hasta los animales salvajes, presenta otros muchos retos y obstáculos que la hacen un verdadero tapón de comunicación entre Centroamérica y Sudamérica. Los políticos llevan mucho tiempo hablando de construir esa carretera, aunque la verdad más probable sea que no quieren, ni les interesa hacerla. Se dice que su construcción abriría el paso a la inmigración y enfermedades del sur como la fiebre amarilla, además de abrir un paso al narcotráfico colombiano. Se dice, también, que pondría en riesgo a las comunidades indígenas que ahí viven, apartadas de todo contacto con nuestra cultura, y a la selva en sí, que permanece libre de la mano del hombre.
Dadas las condiciones y bajo la advertencia de todos a quien preguntamos, no faltó, incluso el que con una sonrisa condescendiente nos miró diciendo: No es posible cruzar por ahí; optamos por buscar otras rutas, y ya que un avión directo a Cartagena se salía por completo de nuestro presupuesto, fuimos, ingenuamente a la ciudad portuaria de Colón a buscar un barco que nos llevara. Mala idea. Llegamos de noche y no caminamos ni 30 metros lejos del autobús cuando un policía nos miró desde el otro lado de la calle y vino enseguida a hacernos alto. Preguntó a dónde íbamos y enseguida dijo que no pasaríamos ni de la esquina, le pidió una escopeta a su compañero, en medio de la gente, cortó cartucho y dijo: yo los llevo a un hotel, es muy peligroso. Debió pensar que éramos estúpidos o algo así, que no sabíamos nada, pues no nos dejó hasta que encontramos un cuarto donde meternos y pidió no salir de noche. El pasaría por la mañana para ir al muelle. Pensamos en salir a comprar algo de comida, pero los barrotes segueteados de las ventanas no nos dieron gran confianza para dejar las cosas.
La ciudad de Colón, al otro lado del canal de Panamá, es el atolladero de desperdicios que el país oculta tras sus rascacielos e imágenes para el turista (qué bonito eufemismo para no decir que Colón, que se debería llamar colon y no Colón, es el verdadero hoyo de mierda que es). La peor de las pobrezas en el mundo es la miseria que se vive en ciudades como esta. Por la mañana fuimos a preguntar al muelle. Una lluvia gris imparable, nos empapó enseguida. Cientos de personas hacinadas en edificios en ruinas nos miraban pasar con mala cara. Calles desiertas, basura y ruinas por todas partes, ni un solo blanco por la calle, sólo negros. Es imposible ir caminando a ninguna parte, apenas lo intentábamos, alguien se acercaba y decía: no vayan por ahí, no vayan por allá, ¿cómo llegaron aquí?, tomen un taxi, aunque sean dos calles, les van a quitar todo.
Y en el muelle, nada, a ningún capitán le interesa llevar un par de extranjeros con él. Alguien dijo, tienen que esperar aquí dos días, nos fuimos de ahí de inmediato.
De vuelta en Ciudad de Panamá, aunque ya con la tranquilidad de la ciudad, los problemas con el tapón continuaron. Fuimos al aeropuerto a preguntar por un vuelo barato que encontramos por Internet, pero resulta que una nueva ley del gobierno colombiano dice que todo extranjero tiene que comprobar su salida del país con un boleto de avión. Imposible para nosotros pagar dos boletos y tirar uno a la basura. Después fuimos a preguntar por un paquete para turistas que incluía un viaje en velero por varias islas hasta Cartagena. $300 dólares. Seguimos buscando y los días pasaron. Al final la opción más viable y económica pareció ser un vuelo local en una avioneta que cruzara la selva y nos dejara en el pueblo fronterizo de Puerto Obaldía. Hasta ahí llegamos después de esperar un asiento por casi una semana. El lugar es increíble, un pueblito a la orilla del caribe, sin carreteras, con una pista de aterrizaje de tierra, completamente rodeado de selva y con no mas de 40 o 50 habitantes que viven aquí de una sola actividad. Impedir que los pocos turistas que pasan por aquí, lleguen al otro lado y así dejen un poco de dinero. Unos argentinos nos contaron historias de terror de este pueblito, llevaban una semana atorados ahí, extrayéndoles el dinero como los mosquitos la sangre. Todo son trabas, nada funciona, no importa cuanto preguntes, todos intentarán confundirte. En la aduana Panameña (una casa común y corriente) se negaron a darnos un sello de salida porque no teníamos un boleto de salida de Colombia. Dijeron que si queríamos que nos regresáramos a Panamá (imposible por supuesto) o que si nos subíamos a una lancha e íbamos a Colombia era nuestra responsabilidad. Pero ¿qué podemos hacer?, preguntábamos por quinta ocasión, consigan un boleto. Pero ¿cómo lo conseguimos?, no lo sé, no puedo ayudarlos. ¿Y qué podemos hacer? No lo sé, ustedes díganme. Pues no lo sabemos, USTED diganos. No lo sé, ustedes digan... y seguía y seguía. Nos subimos a una de esas lanchas, en teoría la última del día y nos fuimos sin saber que pasaría rumbo a Colombia. En el siguiente pueblito, Capurganá, ya del lado colombiano, fuimos en búsqueda de la casa del cónsul a ver que podíamos arreglar. La misma historia, sin boleto de salida, no entran, ¿pero si ya estamos adentro?, lo siento, si no tienen boleto, se tienen que regresar a Panamá... Horas con la misma discusión hasta que a fuerza de nuestra insistencia o aburrición, la cónsul colombiana dijo: Esta bien, pueden pasar, pero como no tienen sello de salida de Panamá, no les puedo dar el mío hasta que lo consigan. Tuvimos que regresar del lado panameño a Puerto Obaldía (y por supuesto pagar las respectivas lanchas) conseguir el sello, que, claro no nos darían sin el sello de salida de Colombia. Un círculo vicioso horrible. Al final los cónsules hablaron por radio, se escribieron cartas, y lo conseguimos. Regresamos a Colombia, conseguimos mi sello número cuarenta, me tomé una foto muy contento y a la mañana salimos de ahí rumbo a Turbo, la primera ciudad de Colombia.
El viaje en lancha a Turbo fue increíble, 15 personas y sus pertenencias metidas en una pequeña lancha impulsada por dos motores a toda velocidad a través de mar abierto y bajo una tormenta. La primera hora fue sorprendente, con el mar embravecido a veces muy por encima de la lancha, a veces golpeando duro contra nosotros. Nos agarramos duro de lo que pudimos y pasamos dos horas de tensión hasta que la tormenta pasó. Cuando llegamos, el tapón por fin se empezaba a abrir para nosotros, estábamos cansados, tensos, pero contentos de casi lograrlo. Comimos y nos subimos a una camioneta todo terreno, que nos llevó durante cuatro horas a través de la peor terracería hasta la ciudad de Montería, por fin lo habíamos logrado. Nos desempolvamos, nos dimos un baño y salimos a caminar por la ciudad, por fin nos sentíamos en Colombia.

1 comentario:

Pharus dijo...

está poca madre esta crónica, en verdad eres un excelente cronista, tu prosa es fluida y divertida, las metáforas que utilizas para describir los lugares son exactas.