I
Dos horas caminando con la mochila. Preguntar a un peatón, nada. Seguir caminando. Nadie tiene idea de dónde habrá un hotelito barato en su propia ciudad, para qué necesitarían saberlo. Puestos ambulantes, paredes, coches, casas, gente, todo gris. No hay cielo, tan sólo una nube gris. No tarda en llover. Es difícil quitarse de los ojos los verdes del lago Atitlán y entrar a la Ciudad de Guatemala, tanta ciudad para tan poco espacio. Preguntamos a una mujer que vende playeras en una esquina en qué dirección caminar, sólo eso. –Uy nooo, derecho, por el palacio, es muuy caro; ¿para abajo?, no muuuy peligroso, no vayan por ahí; pero sé de uno en esta otra dirección, ahí no se ha sabido que hayan matado a nadie. ¿Verdad que no han matado a nadie por allá?-, le pregunta a su hijo.
Se llama Hotel PASATIEMPO, con seguridad emparentado con el pasagüero, o el pasadoor, el pasaperro, o el pasalacartera. Cincuenta Quetzales la habitación, –¿para toda la noche?–, con una cama es más barato, –¿para los dos?–. Levanta una ceja, ¿no debería estar acostumbrado a esto ya?. Sospechoso olor a sexo. A las once en punto se apagan las luces y el timbre, nadie puede permanecer fuera de su habitación; a las nueve de la mañana en punto pasan tocando cada puerta. –Toc, toc, toc, ¡hora de salida!, toc, toc, toc, ¡hora de salida!–. Quiero dormir diez minutos más, –¡hora de salida!–, que si podemos dejar encargadas las maletas, –¡hora de salida!–. Un hombre de respuesta monotemática, por lo menos no han matado a nadie ahí.
II
A la mañana Guate sigue gris, llueve un poco, las personas avanzan sin ganas de llegar a ningún lado. La tediosa capa de bruma de la ciudad opaca los colores del resto del país, los indígenas van con el indio bien guardado debajo de la ropa, serios por la calle, se guardan también la sonrisa. En la plaza un hombre da clases de sexualidad con una vieja monografía y órganos genitales de plástico. La ciudad no conoce el silencio, gritos, claxons, reggaetón, lo ahogan todo. La taquería La perrada ofrece auténticos tacos mexicanos de dudosa procedencia, mientras que por aquí es difícil encontrar comida tan buena y barata como en los pequeños pueblos: chuchitos, puposas, tamalitos de chipilín, chocobananos, nada. Morimos por regresar a los pequeños pueblos.
III
Desde México buscaba un libro de Henrry Miller para este viaje y cada que encuentro una librería voy y pregunto. De paso por una librería cristiana, la única que encontramos en Guate, me dicen que no lo conocen, que intente en la librería de la 10 calle. Una vez ahí me animo cuando la señorita detrás del mostrador dice que sí… pero que está en la sucursal de la zona 10, muy lejos. Ante la decepción, me pongo a buscar y termino comprando El año de la muerte de Ricardo Reis, de Saramago. Por la tarde, sin mucho dinero para hacer algo mejor, nos subimos a un autobús al azar y hacemos un recorrido turístico de a Quetzal. Media hora más tarde nos bajamos, caminamos un poco, la lluvia comienza de nuevo. Nos empapamos, dejamos pasar dos autobuses y al tercero, sin más alternativas, brincamos dentro para no mojarnos más. Sin idea de la dirección, tomamos asiento y nos ponemos a mirar la ciudad pasar por la ventana hasta el anochecer. En cuanto deja de llover tocamos el timbre y bajamos a dar una vuelta por algún lugar desconocido. Perdidos por completo y a falta de algo mejor, entramos a una plaza comercial. Encontramos una librería, preguntamos por un mapa de Suramérica, el cual esperamos sea nuestra única guia de viaje (a la fecha nuestra única guia es la brújula apuntanto al sur y algunas recomentaciones de la gente). No tienen, nos mandan a otra librería en el segundo piso, tampoco tienen, nos mandan a otra en el tercer piso de nombre Artemis, tampoco aquí tienen mapas. Nos ponemos a mirar libros, busco autores en la letra M. En ese momento una curiosidad cosquillea mi mano que sostiene un papel dentro del bolsillo del pantalón. Lo saco y miro la factura de los libros de la mañana: Librería Artemis. Otra mirada de regreso al librero y ahí está: Plexus de Henry Miller.
¿Qué probabilidades había de tomar una ruta completamente al azar y llegar precisamente ahí?, ni intentándolo hubiese salido mejor. Tomé el libro y lo llevé al mostrador para decirle a la señorita que sólo había venido a buscar ese libro y decirle que ya no me interesaba, que ya tenía otro. Me miró desconcertada. Salimos sin comprar nada, muertos de risa. Una hora más tarde llegamos al Pasatiempo sin problema, preguntando un poco, mojados, muy contentos.
Estamos en Honduras, buenas historias bienen pronto.
Saludos.
La ruta
martes, 23 de octubre de 2007
Aguafuertes de Guatemala
Publicado por
Adampol
a las
18:42
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

2 comentarios:
Muy interesante todo!, que chido! cuídate mucho!. Tu Primo Gabriel
Genial! ya nos veremos en el D.F.
Saludos a Manuel.
Teresa Ascoy (techy) de Lima- Perú.
Publicar un comentario