La ruta



martes, 19 de febrero de 2008

The Hospitality Club

A cuatro meses de haber salido de México, dos largas líneas marcan profundamente la ruta por Suramérica. La política, tan intensa y complicada como siempre lo ha sido, pero reveladora cuando se la vive de cerca, me abre un poco los ojos país tras país. Por otro lado, sin dificultad puedo afirmar que la segunda línea que ha marcado a este viaje, es la hospitalidad de su gente. Salvo raras excepciones como Costa Rica o Panamá donde la indiferencia de la gente se siente de inmediato, desde Guatemala hasta Perú la gente se desborda en ganas de ayudar y hacernos sentir bienvenidos.
Manuel y yo somos miembros de de dos comunidades de hospitalidad internacional en internet. CouchSurfing.com (CS) y HospitalityClub.org (HC). Haber sabido de ellas antes de iniciar el viaje, sin duda lo cambió por completo y definió todo un estilo de viajar. En ellas miles de personas de todo el mundo ofrecen hospedaje gratuito y la posibilidad inmediata de hacer grandes amigos por cualquier lugar que se vaya, partiendo de una base simple, la confianza mutua. Y al final, uno termina mucho más enriquecido que si sólo pasara por una ciudad y se quedara en un hotel. No hay mejor manera de conocer y compartir la cultura que convivir con gente local, probar su comida, mirar de cerca su vida. Aunque no siempre es ésta la única forma de conocer gente, en países como Guatemala y Honduras, prácticamente viajamos de aventón. En Nicaragua, apenas llegamos a la cuidad de León, cenábamos algo por la calle y dos excéntricos personajes se nos acercaron. Wester y Héctor, con mucha educación, pidieron veinte minutos de nuestro tiempo para tener una charla, intercambiar la visión del mundo (en sus palabras). Cuatro horas después seguía la plática en un bar. Con amabilidad y sin esperar nada a cambio ofrecieron su casa para dormir. Al día siguiente, un hombre por la calle se ofreció a darnos un tour sin ningún costo por las calles de su amada ciudad. Los leonenses se enorgullecen de ser la ciudad más hospitalaria de Nicaragua. Unos días después, en Managua, la capital, Barbara de Alemania, nos ofreció su casa para quedarnos unos días. Ella vive ahí desde hace unos meses trabajando para la embajada en la coordinación de los apoyos económicos que llegan desde Alemania.
Costa Rica fue un país duro de inicio para viajar, nos acercábamos a preguntar algo a alguien y simplemente nos ignoraba y seguía su camino. Una vez, desesperados, caminando con las mochilas a mitad de la noche en una carretera de tierra, prácticamente tuve que plantarme frente a un motociclista para que se detuviera y preguntarle en qué dirección debíamos caminar. Luego en San José todo mejoró, primero Esteban nos dio alojamiento, él es mitad de su tiempo bombero y mitad operador de callcenter. Para mi sorpresa, de entrada se presentó como militante de ultraderecha, y a veces esa es la mejor parte que las comunidades de hospitalidad presentan: convivir con quien piensa por completo diferente. Esteban fue muy amable, nos dio mucha información y pasamos sólo una noche en su casa por que tenía que salir. Después Paloma, otra tica, nos ofreció alojamiento en su casa, distinta por completo a Esteban, estudió antropología y se une a todas las causas de izquierda que se le presentan, desde salvar ballenas hasta ser una dura opositora al tratado de libre comercio con Estados Unidos que acababa de aprobarse en el país.
En Bocas del toro, Panamá, conocimos en un hotelito a Ingmar, un músico panameño que después de unos minutos de plática nos ofreció su casa en el pueblo de Penonomé para hacer escala de camino a Ciudad de Panamá. Viajamos todo el día con él y al llegar a su casa nos presentó a su hermano César, uno de esos personajes épicos del viaje, con innumerables anécdotas y frases célebres. Su perro Lucky canta y su gallo juega al futbol. A sus 27 años dice que cuando sea grande quiere estudiar para ser veterinario por que ama a su perro. Pero sus verdaderas pasiones son el Heavy Metal, la magia negra y coleccionar acetatos de Maná, pasiones que sustenta gracias a su fe cristiana. Nos recibió con la épica: ¡Ah! De México, hola chatos, ¿verdad que en México así se saludan?, lo aprendí en la tele. Tiene una extraña visión de la hospitalidad. Para no molestar, y ante la certidumbre de que no habían cuartos suficientes en su casa, ofrecimos quedarnos en un viejo sofá lleno de pelos de Lucky, pero el amablemente nos ofreció el suelo, porque “su sofá se gastaba”.
En Ciudad de Panamá fue imposible conseguir alojamiento sin tener que pagar, pero a cambio conocimos un montón de gente interesante por las calles. Una tarde, a la entrada de uno de los más tradicionales cafés de la ciudad, un hombre nos vio con la guitara y preguntó de dónde éramos. Se puso a tocar más canciones mexicanas de las que conocíamos, luego entramos y nos invitó un café, nos hicimos amigos de todos, platiqué horas con un borracho, luego con un griego de profesión gigoló. Manuel terminó tocando para una pareja de gringos, una gran tarde. Al día siguiente fuimos a la estación de policía turística a pedir un mapa. ¿De dónde son?, preguntó un oficial, ¡Ah! De México, toquen una ranchera. Después de un rato de cantar pedimos el mapa y a la salida un hombre nos hizo la plática. Un minuto después se ofreció a darnos un tour por el casco viejo de la ciudad. Osvaldo se llamaba, había viajado a México de joven para estudiar música y ahora tenía una “empresa cultural” y se dedicaba a buscar artistas. Después de un rato y una muy buena plática, nos despedimos de él en un parque y unos metros adelante ya estaba platicando con otros turistas. Días después conocimos a Tessy a través del HC. Periodista y maestra de la carrera de turismo. No podía ofrecer alojamiento, pero nos invitó un café y platicamos mucho y muy interesante a lo largo de la semana que pasamos atorados en Ciudad de Panamá en espera de un vuelo para cruzar la selva del Darién y entrar, por fin, a Suramérica.
Entrar a Colombia fue dar un gran suspiro de alivio, todo en la atmósfera que se respira entre su gente te dice bienvenido. Una sonrisa, una mirada, alguien nota que eres extranjero y te regresará la sonrisa. En Capurganá, nuestra primera parada en Colombia, apenas un pié fuera del bote desde Panamá y un hombre, algo borracho, se nos acercó y gritó: ¡Hey amigos!, sean bienvenidos, de corazón, a mi Colombia. La frase se siguió repitiendo por todos lados. En la ciudad de Barranquilla contactamos a Gustavo Bolaños, que como no tenía donde darnos alojamiento, nos llevó con su amigo Roberto Tapia, el Robert, donde conocimos a un montón de gente interesante, una de esas casas internacionales donde entra y sale gente de todos lados. Te sientas a la mesa y siempre habrá alguien con quien platicar. Españoles, uruguayos, franceses, colombianos, todos estudiantes de intercambio en la universidad. Pasamos días intensos en esa casa, Gustavo a veces pasaba por nosotros y nos invitaba a comer o a cenar, pero igual había que continuar el camino. En Bogotá nos dio alojamiento Claudia en una de las mejores zonas de la ciudad una casa elegante, su familia muy amable nos abrió las puertas de su casa, nos hicieron de cenar y nos instalaron varios días en el cuarto de visitas. En Cali llegamos a la casa del profesor de esperanto Rafael Mejía. Nos paseó por la ciudad, nos dimos un baño en su piscina, un juego de Parcacé en el baño turco y dormimos en la sala, todo muy raro. Luego en la ciudad de Pasto conocimos a Randolph, un joven colombiano que junto con su esposa nos hospedaron un par de días. Su familia, humilde, pero acogedora. Paseamos por toda la ciudad, convivimos con los artesanos de figuras de cartón que preparaban para su famoso carnaval. La hospitalidad colombiana no sólo se trató de la gente que nos dio hospedaje, la calidez de su gente es incomparable, mucho más allá de la mala imagen que tienen en el mundo, me atrevo a decir que son el pueblo más hospitalario y “Chévere” que he conocido. Con mucha pena nos disponíamos a irnos de Colombia cuando en la frontera, formados en la fila de migración, conocimos a otro colombiano que nos hizo la plática, sentía un gran cariño por México. Cuando llegó nuestro turno nos despedimos y 5 minutos más tarde, cuando estábamos por salir, apareció entre la gente y me pasó un billete de 20 dólares. Amigos, tomen, para su ruta. Nos dejó sin palabras, se dio la vuelta y se marchó.
En Venezuela Roberto Campos nos ofreció alojamiento en un lujoso apartamento de Caracas, apenas un minuto de conocerlo y nos dio las llaves de su casa, nos enseñó la habitación donde dormiríamos la cual tenía una increíble vista de la ciudad y nos dejó solos en su casa para que nos instaláramos. Pasamos unos días con él y luego conocimos a Alejandro y Diego, dos hermanos con los que también nos quedamos, tratando de dividir nuestra estancia en Caracas con varias personas y no abusar de la hospitalidad de Roberto. Con todos tuvimos largas pláticas sobre política en Venezuela y aprendimos cosas nuevas todos los días.
En Ecuador Diego y Lizeth nos recibieron en su casa a las afueras de Quito, él es biólogo y ha viajado por todo el mundo. Hicieron una fiesta de reunión de sus amigos biólogos y platicamos hasta las 5 de la mañana. Luego en Porto Viejo me encontré con mi vieja amiga Delphine, una francesa que vivió en México unos años y ahora vive acá dando clases de francés. Juntos viajamos por todo Ecuador y pasamos Navidad y Año nuevo juntos. Luego su amigo ecuatoriano Miguel, que tiene una casa de surf en la playa, me dio hospedaje por en una hamaca por varios días. Vida de surf, gente interesante e increíble naturaleza, días muy relajados sin nada más que hacer que mirar al mar. También en Ecuador, Yun, de Japón y amigo de Miguel nos dejó quedarnos unos días, a Delphine y a mí, en su casa en la playa de Canoa al norte del país. Ecuador fue una gran sorpresa, es tan poco lo que se escucha en México de él, su gente, a pesar del breve resentimiento hacia los mexicanos, es cálida, inteligente y muy amable. Su comida, inmejorable, comí más pescado que en toda mi vida.
Al final, por fin llegamos a Perú, Manuel y yo nos separamos unos días antes para encontrarnos de nuevo en Lima, ciudad en la que más tiempo hemos permanecido hasta ahora. Cuando llegué a Lima lo primero que hice fue contactar a Pedro Serruto, un amigo de un amigo de Delphine, mi amiga en Ecuador. Ella me presentó a su amigo por casualidad y platicamos cinco minutos, el dijo que conocía a un peruano y como yo iba para allá, me ofreció escribirle para pedirle que me hospedara. Una gran coincidencia, Pedro fue genial, de inmediato pasó por mí y me invitó unos tragos, bebimos Pisco Sour hasta tarde. El es militar retirado, ha viajado mucho y tiene grandes experiencias, viajó a Irak y prestó servicio para las fuerzas especiales. Es un gran pensador, tuve largas pláticas con él y lo considero un gran amigo y maestro, me ayudó de incontables maneras. En algún tiempo trabajó como ilegal en Estados Unidos y sabe lo que es estar en una ciudad sin amigos, lejos de su casa. Pasé luego unos días en casa de su mamá y hasta con un sobrino salimos de fiesta.
Mientras tanto, Manuel, que había llegado dos semanas antes, se había encontrado con una amiga de la vecina de una amiga de su mamá, quien le ofreció alojamiento. Elba Chipaco resultó ser una gran personalidad, premio Nóbel de la paz 1982 junto con sus compañeros de un proyecto de rescate de refugiados para la ONU, y un día, así de la nada, nos ofreció un departamento para vivir un tiempo en caso de que nos quedáramos a trabar ahí. En lo que nos decidíamos, Manuel y yo nos mudamos al estudio de Alejandro, un pintor peruano que nos dejó ocupar su estudio por unos días. Una de esas casas viejas y elegantes, toda para nosotros y a una calle del parque Miraflores, centro de la vida cultural de Lima. Días intensos pasamos por ahí, a veces sin un sol en el bolsillo, pero conociendo gente nueva e interesante todos los días. Una de ellas fue Ivette, periodista y columnista del periódico Perú 21, nos invitó un día un café y después salimos con ella en varias ocasiones, nos presentó nuevos amigos e hicimos contactos. Otra noche yo recibí una invitación por Internet al cumpleaños de una chica del CouchSurfing, Mayte Sanchez. Sin tener idea de cómo llegar, qué tan lejos sería o cómo regresaríamos (nos acabamos las últimas monedas en la combi para llegar a su casa), igual decidimos ir, resultó ser lejísimos, pero al final platicamos toda la noche con un montón de gente y uno de ellos nos trajo de regreso cuando la fiesta se terminaba. Siempre así, sin un plan, sin preocuparnos de más. Después de una semana el estudio de Alejandro, nos mudamos con Hugo Ascoy, un estudiante de Geografía que vive con su hermana Teresa, Techi. Mientras estuvimos ahí, ella y su amigo Joel Principe, ambos pintores, se dedicaron a pintar en la casa un par de murales que les habían encargado. También días increíbles, fiesta con ellos todos las noches seguidas de largas pláticas, nos hicimos de buenos amigos y una vida bohemia por todo Lima, a veces sin un centavo, siempre salía algo bueno por la calle. A Manuel, la penúltima tarde en Lima, mientras tocaba la guitarra en el parque, una señora se le acercó y le regaló 20 dólares, así, sólo por que le cayó bien. 20 dólares que le llegaron en el mejor momento posible, el último, justo antes de irnos. Para la última noche en Lima ya nos habíamos despedido de Hugo y su hermana y no teníamos dónde dormir. Fui en búsqueda de Pedro, que desde el principio nos había ofrecido una camioneta para dormir en caso de que algún día nos encontráramos desesperados. Decidimos tomar su oferta y de paso despedirnos de él. Fue una noche alucinante, como se suponía que nade podía dormir en el estacionamiento de su edificio, lleno de apartamentos de militares, nos pidió que fuéramos discretos, en pocas palabras, que nadie nos viera, así que tuvimos que pasar la noche “jugando” al inmigrante ilegal, escondidos en la parte trasera de la camioneta y especulando qué pasaría si uno de sus amigos militares encontraba a dos desconocidos ocultos en la camioneta del vecino. A la mañana siguiente su esposa Zelma nos preparó el desayuno, nos dimos un baño, nos regaló unas bufandas y nos despedimos con mucho cariño de esta gran ciudad que tanto nos dio.
Sin dinero para el autobús, tomamos una combi hasta las afueras de la ciudad y nos fuimos a parar a la carretera a hacer dedo durante horas, nadie se detenía. Cuando estábamos todos insolados, cansados y apunto de desistir, un auto que estaba parado junto a nosotros avanzó y nos preguntó para dónde íbamos. El empresario chileno Jorge Torres por fin nos llevó, platicamos todo el camino, incluso hizo una parada para invitarnos helados. Llegamos hasta Pisco, y luego una combi a Ica, donde Werther y su esposa Vivi nos dieron alojamiento, otra vez, una adorable pareja nos trataba increíble y nos ofrecía su casa por completo abierta. Días después y con mucho trabajo, llegamos a Cuzco, la turística ciudad cercana a Machupichu. Aquí nos quedamos de ver con Erick y su madre en la plaza central, llegamos con todo y mochilas, dando por hecho que nos quedaríamos con ellos. Después de unos minutos de plática en el frío, la señora nos dijo que para que las cosas fueran claras, nos cobraría una simbólica cantidad de 10 soles por darnos alojamiento, lo mismo que pagábamos de hotel a una calle de la plaza. Algo confundidos y ya atorados en la incómoda situación, tuvimos que aceptar. Simbólicamente también nos llevaron a su agencia de turismo donde daban tours por la ciudad e intentaron vender lo que se pudiera. Todo era una trampa, gente que utiliza CouchSurfing para promocionar su hotel, o agencia. Cuando regresamos de Machupichu, simbólicamente les dimos las gracias y nos marchamos para no regresar con ellos.
Salvo la última experiencia, llevo 5 meses por completo sorprendido, es tanta la gente nos ha ayudado de incontables y desinteresadas maneras y no encuentro como agradecer tanto bien, salvo nombrar hasta donde más puedo a todos aquellos en ésta crónica y por supuesto saber que tanto bien sólo se paga con profundo agradecimiento y haciendo más bien.

Gracias.

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