Cada día, cada instante, fronteras que cruzamos para no volver y fronteras de las que volveremos llenos de tanto nosaber. Qué dicha aquella la del instante de descubrir el saber en el no saber. Cinco fronteras nos dicen nada o muy poco más allá de lo que ya sabemos: Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. ¿Qué paradigmas guardamos con tanta facilidad sobre Centroamérica? Llenos de naturaleza, de color, pobres, peligrosos, violentos. Recuerdo la historia para explicar la palabra paradigma de un profesor en la universidad: Un hombre maneja relajadamente por una carretera cuando desde la próxima curva se aproxima un coche y, al pasar junto a el, le gritan: ¡Cerdo! El hombre reacciona con violencia mientras maldice por el retrovisor. Al llegar a la siguiente curva el hombre choca de frente con un enorme cerdo parado a la mitad de la carretera. Nuestras ideas preconcebidas a veces nos ciegan el camino y tarde o temprano nos golpean directo en la frente, a veces, por fortuna, llegaremos a la siguiente curva con no más que paradigmas rotos en lugar de huesos.
En Guatemala, a casi ocho años de mi última visita, pude apenas ver como no pasa nada por aquí, las carreteras, los buses, la pobreza de la gente, todo igual, tal vez algunos McDonalds nuevos, muchas plazas comerciales. Aquellas voces que la marcan como la economía de mayor crecimiento en Centroamérica, con seguridad se referirán a los primeros de siempre en la fila de las reparticiones económicas. Los que no se ven detrás de sus bardas, seguidos de los amantes de la comida rápida, la vida rápida, sin saber qué pasa, y al final los otros… los que siempre esperan, y no es que los indios tengan mucha paciencia, como se vio en Chiapas, lo que pasa es que la poca que tienen dura mucho.
A unos días de su próxima elección presidencial los guatemaltecos se debatían con apatía entre el conservador religioso (el se dice socialdemócrata) Álvaro Colom y el ultra conservador General Otto Pérez Molina que ofrece una atemorizante mano dura. Según las últimas noticias, los guatemaltecos (y la sucia mercadotecnia) se decidieron por Colom para dirigir el país.
En Honduras nuestra primera parada fue Copán para visitar la
última de las ciudades mayas en el camino hacia el sur. Apenas entrar al país me sirvió para recordar qué tan olvidada tenía yo la belleza de las hondureñas. Es una lástima y una gran sorpresa que el famoso efecto "soy mexicano", tan efectivo en otras partes del mundo, aquí sea tan negativo. Es duro descubrir que nuestro país no es bien recibido por aquí, por las mismas razones por las que nosotros muchas veces nos quejamos de los estadunidenses. Los mexicanos tratamos igual o peor a los inmigrantes centroamericanos que los Estados Unidos. A su paso por México los hondureños y muchos otros, son victimas de robo, discriminación, violencia y todas esas cosas por las que tan orgullosamente protestan nuestros políticos mirando al norte, mientras ocultan la mano sucia que niega al sur. Con respeto y comprensión, trato de hacer entender a cada persona con la que me cruzo en alguna plática, que cada uno somos embajadores de nuestro propio país y lo llevamos a cuestas en nuestras acciones; así cada cosa que haga o diga sentará una base de compresión entre dos pueblos expuestos a sus propias ideas preconcebidas. Por que no es posible poner a todas las personas de un país dentro de una categoría (como lo hacemos a veces con los estadunidenses), y que si yo me encontrara a uno de ellos pasando por mi país, lo trataría como a mi me gustaría que me trataran. 
Fueron días relajados en Honduras, de pueblito en pueblito, llenos de gente amable y viajando de aventón. Ha sido interesante viajar sin una guía, a veces nos metemos en las situaciones más inesperadas y complicadas. A través del cristal de una farmacia en el pueblito de Gracias, vimos un mapa en el que existía una carretera (marcada con una tenue línea punteada) para llegar a la capital desde ahí. Y a pesar de que más a delante nos recomendaron ir por otro lado, hicimos caso omiso y para salvar tiempo la tomamos. Increíbles paisajes mientras cruzamos las montañas, hasta que literalmente descubrimos la línea punteada de la carretera que a veces existía como un camino de tierra y otras simplemente desaparecía. A mitad de camino, rebotando en la parte trasera de una pickup, una granizada impresionante se desató, en segundos estábamos empapados, cascadas de lodo brotaban a ambos lados de la carretera. Para cuando llegamos al siguiente pueblito, La Esperanza, estábamos entumidos de tanto frío, mojados y sin nada seco que ponernos, pero por lo menos yo, con la intensa sensación de sentirme viajero, de saber nada podía detenerme en ese momento. Encontramos un hotelito con agua caliente y pasamos la tarde metidos entre las cobijas.
El cruce de la frontera con Nicaragua, fue inesperado y violento. Apenas bajamos del autobús fuimos rodeados por decenas de personas ofreciendo llevarnos, cambiar dinero, ayudarnos con la maleta. La pobreza extrema que siempre golpea duro en la cara, sobretodo la de los niños, que no dejan de pedir comida. Una pareja de australianos que pasaba en su camioneta nos dio aventón, aunque con las pésimas condiciones de la carretera, entre bache y bache, avanzamos muy despacio, mientras decenas de niños salían de sus casas a pedirnos comida. Se nos hizo de noche, casi se termina la gasolina, de milagro encontramos una gasolinera justo cuando la camioneta se apagaba, por fin llegamos a la ciudad de León, uno de los lugares con la gente más hospitalaria que he conocido. Mientras cenábamos algo por la calle, una pareja de amables leonenses nos preguntó por la nacionalidad y nos pidieron permiso para acompañarnos en la plática. Manuel sacó la guitarra, dos horas después seguíamos platicando en un bar, ofrecieron su casa. Dos personajazos para la lista de este viaje.
Nicaragua es uno de esos lugares que sufren el paradigma de la violencia y la guerra, y al igual que me pasó en Servia, descubrí aquí algunas de las personas más amigables, hospitalarias, maduras y autocríticas que he conocido. Al parecer la lección de la guerra fue implacable con esta generación de nicaragüenses.En la ciudad de Managua, nos dio hospedaje Bárbara, una alemana que vive y trabaja ahí. Y en Granada, una de las ciudades más bonitas que he visto en todo este viaje, conocimos en la calle a un trío de adolescentes que nos dieron una verdadera lección de madurez, inteligencia y claridad. Los conocimos mientras Manuel tocaba la guitarra en un parque, se acercaron y pidieron permiso para sentarse a platicar. Uno de 15, otro de 16, y otro de 18 años. Hablamos de muchas cosas, política, historia, su vida. Y mientras los escuchaba asombrado, no podía quitarme de la cabeza a todos esos adolescentes, o peor aún, universitarios que no tienen idea de nada, sin interés por aprender o saber que pasa, metidos en la tele, los videojuegos, el celular. Esa idea que me ha rondado la cabeza por mucho tiempo y que aquí tomó claridad: Valorar las
oportunidades es una de las cosas más difíciles en este mundo, caso tanto como el disfrutar. Requieren de tanta ausencia de si mismas, sólo en la medida de la carencia, del dolor, podemos aprender a valorar, a disfrutar. Un concepto circular que encierra profundas paradojas. La carencia busca a la satisfacción hasta llegar a las profundidades del hartazgo, y el hartazgo se libera de sí mismo buscando privación y carencia. Gotas de aceite subiendo y bajando dentro de una lámpara de lava. Parece ser que aprender de ambos extremos sigue siendo la única manera de conservar el equilibrio.Los jóvenes de países o zonas desarrolladas, no sólo gozan de un exceso de oportunidades, sino que se dan el lujo de desaprovecharlas, con lo que pierden doblemente. Mientras que los que carecen de ellas aprovechan cada una que se presenta, los papeles poco a poco se invierten a través de generaciones en un ciclo sin final.
A aquellos chicos ni la tele, ni los políticos están engañándolos, la miran, los escuchan, pero en sus palabras: a nosotros no nos están viendo la cara. Tienen 15 años, trabajan, van a la escuela, no cambian la pandilla por nada.
De la hermosa ciudad de Granda, una de mis favoritas hasta ahora, cruzamos a Costa Rica por la frontera de Peñas Blancas, y por la noche llegamos a Liberia sin saber que hacer, si pasar la noche ahí o movernos lo más que pudiéramos al siguiente pueblo. Tomamos la salida fácil, preguntarle al azar, que tampoco toma decisiones, sólo apunta irresponsablemente en una u otra dirección. Nos quedamos ahí. A penas nos acostumbrábamos a shock de pagar 16,000 colones por una noche de hotel, empezamos a descubrir que por acá se toman muy en serio el espíritu ecologista. Se podría decir que la ecología es, a falta de grupos étnicos autóctonos o a una huella colonial de importancia, la parte más importante de su cultura. Los ticos tomaron esta bandera del cuidado y uso sustentable de sus recursos y lo llevaron a todos los niveles. La propaganda política y la publicidad no utilizan plástico en las calles, todos separan su basura y reciclan, en los autobuses un hombre vende pipas (cocos) ecológicos, para no usar botellas de plástico y luchar contra el calentamiento global. El ecoturismo es una fuerte industria, fincas, bosques, senderos, playas, ríos, por todos lados ecoturismo, aunque en algunos casos con un toque de ecodisneyland.
Para nuestra primera mañana en Costa Rica fuimos en búsqueda de una playa que un amigo me recomendó, nos subimos a un autobús y viajamos todo el día por un camino de terracería hasta el pueblo de Nosara. Llegamos acabados, el bus paró y nos dejó a mitad de la noche sobre un camino desierto. Preguntamos al chofer y nos dijo al bajar, caminen para allá. 5 minutos más tarde apareció una casa, preguntamos de nuevo y con rudeza nos contestaron, cuatro kilómetros hacia allá. Sin más opción comenzamos a caminar en medio de la oscuridad con las mochilas. El camino enlodado por completo, la selva imponente resonando a los lados. Caminamos como una hora, nada. Al poco rato una intersección, el camino se dividía y ni rastro de la famosa playa. Nos paramos a descansar y a esperar que alguien pasara.
Una moto nos ignoró, luego un auto y otro y otro. Al fin otra moto pasó y casi me paré frente a ella para que parara. Dijo que en la playa sólo hoteles de gran lujo, nada para alguien que llega caminando a las 8 de la noche. Que en el pueblo tal vez, a dos kilómetros de ahí. Horrible situación. Completamente desmoralizados, enojados, cansados, sin nadie a quien reclamar, emprendimos la caminata de nuevo por el camino de lodo. Al final encontramos alojamiento barato en el piso superior del bar de un gringo, cenamos roles de canela rellenos de atún (lo único a la mano) y nos fuimos a la cama para levantarnos al amanecer, ir a conocer la playa y salir de ahí cuanto antes.
Los ticos son gente extraña, les preguntas algo y en el mejor de los casos, te ignoran, son groseros, parcos. Se extraña tanto la hospitalidad nicaragüense. Aunque la segunda parte del recorrido por el país mejoró mucho. San José, la capital, es una gran ciudad, con un centro amplio y bien cuidado, una calle peatonal llena de hermosas mujeres y edificios históricos. Además de cafés, museos y un montón de actividades culturales. Nos hospedamos en casa de Esteban y luego de Paloma, dos ticos muy distintos entres sí y muy amables. Él, bombero y ultraderechista (en sus palabras) y ella estudiante de antropología y francés, activista política y ecológica. Salvemos a las ballenas, a los delfines, a las tortugas, a los árboles, salvar todo, hasta lo imposible, salvar al mundo. Aprendimos mucho, descansamos, la pasamos muy bien. Para reconciliarnos con la playa nos dirigimos a Puerto Viejo, una playa de viajeros con cierto aire jamaiquino, muchos negros, reggae, bares y una gran playa sin olas para pasar el día entero.
A Panamá entramos por la frontera de Guabito y enseguida nos fuimos a Bocas del toro, una pequeña isla en la costa del caribe con estilo afrancesado, casas altas y coloridas, música en las calles, un aire de Nueva Orleáns, aunque algo turística y muy cara. Dormimos en una hamaca por tres dólares y a la mañana estábamos por salir cuando conocimos a Ingmar, un músico panameño que también iba de salida rumbo a su casa en Penonomé, nos invitó a ir con el y ofreció alojamiento, no lo pensamos dos veces y pasamos todo el día en autobuses para llegar hasta su casa casi a la media noche. Dormimos en el suelo, pero al fin gratis. De camino a Penonomé rebasé el punto más al sur del que jamás había estado en cualquier otra parte del mundo, cerca de los 9.10 grados latitud norte (Ko-pan yang, Tailandia). A partir de aquí cada nuevo paso en dirección al sur, será una nueva frontera cruzada.
El 6 de noviembre llegamos a ciudad de Panamá, tras poco más de cinco mil kilómetros de recorrido, encontramos una ciudad increíble, de enormes contrastes, el NewYork de Centroamérica, grandes centros financieros, casinos, hoteles, el canal y a unas calles, pobreza a niveles de Haití o Nicaragua, con los negros matándose entre sí, olvidados y ocultados por completo. Al parecer todo culpa de ese canal que todo les da y los hace inútiles para cualquier cosa que no sea comercio o servicios. Nada se produce en el país, sólo se comercia y se recibe dinero en esa inmensa máquina para colectar dinero que es el canal. Una lección parecida a la del petróleo y las remesas en México tendrán que aprender los panameños, no se puede crecer sin generar algo. Lo contaré en otra entrega, por ahora estamos atorados intentando encontrar la manera de cruzar a Colombia, la frontera inexistente, la selva del Darién, el lugar donde la carretera Panamericana se termina y reinicia kilómetros más allá, del lado colombiano. En palabras de todos, un lugar extremadamente peligroso, lleno de traficantes, militares, paramilitares, guerrilleros y el dengue impidiendo todo paso.
1 comentario:
Desde un rincón del mundo, alguien te quiere...
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